Se muestran los artículos pertenecientes al tema Visitas paganas al hogar.

La gorda de la duda


Philippe Pache

La primera vez que una pareja hace el amor no es la mejor, de eso acudieron convencidos a su noche inaugural, pero aún así le dejaron un lugar a la duda. La pusieron entre ellos, juntitos los tres, y desnudos se metieron en la cama. Se apretaron, se apretaron más, y se apretaron tanto que la duda ya no cupo más y chorreó patas abajo hasta llegar al suelo subida en una ola, una ola de las de verdad. Fishhhh. La duda quedó así, en un rincón de la habitación, respirando bajito y dada de lado durante muchos años; como un recordatorio de comunión de uno de esos primos que no lo son y que vienen a ser los hijos de tus padrinos, y que no son nada y que nada importan. Pues igual y como eso. Pero con el tiempo, la pareja tuvo algunos problemas y la duda aprovechó su oportunidad para arrimarse otra vez a los pies de la cama. Se les venía encima, sigilosa, y sin que se dieran cuenta y por sorpresa, se volvió a meter entre los dos. Zas. Se acomodó y se hizo fuerte. Y claro, ya no había manera de que cupieran los tres en el mismo lugar, porque la duda se estiraba cuan larga y gorda era y les ponía los brazos por encima del cuello, comodona, ahogándoles hasta que se giraban y se daban la espalda, que entonces sí, se dormían. Las cosas que les rodeaban, sus cosas de ellos, se empezaron a inquietar. Como ésto siga, al final acabamos cada uno por nuestro lado, decían los libros de la mesilla de noche. Sí, respondían las medias del cajón, no tiene buena pinta. La cama cabeceaba preocupada, muy preocupada. Los cachivaches sentían mucha presión. Hasta que un día no se sabe cómo, uno de los ganchos de su moño de novia agarró la responsabilidad bien fuerte y salió del cofre que ella tenía con sus joyas y tesoros en su mesilla de noche y se puso debajo de la almohada. Y esperó, esperó y esperó. Y esperó y llegó la noche. Ellos entraron en la cama, la gorda de la duda se confió y comenzó a cerrar los ojos envuelta en sueños, y ambos, cansados, se giraron hacia su pared metiendo la mano por debajo de los almohadones. Ay, pero ella se pinchó. Encendió la luz y sacó la horquilla. Se giró y se la enseñó a su marido. ¿Has puesto tú esto aquí? le dijo. Y él respondió, no, ¿qué es? ¿No sabes lo que es? Bueno querida, parece un gancho. Y por un momento, por uno sólo, la duda sudó temiendo que él recordara que era una horquilla de su primera noche, de aquella primera noche de amor donde no cupo, una de esas que adornaban su precioso pelo y que él entresacó con un mimo tan grande como si en lugar de eso, estuviera separando los rayos mismos del sol. Y creyó que acordándose se salvarían. Pues qué raro que haya llegado esto aquí, no parece mío. Y entonces la duda sonrió y comenzó su última y muy amenazante crecida empezando de nuevo a engordar y a engordar y a engordar, y ella sin poder parar se puso a llorar y a llorar y a llorar, y él al otro lado a pensar a pensar y a pensar, y el gancho y las cosas de la casa, vencidos, a suspirar y a suspirar.

Lunes, 25 de Abril de 2005 10:54. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 22 comentarios.

El primer día de clase lloré desconsoladamente. Mis hermanas estaban en cursos superiores y nada iba a pasarme, pero eso entonces no era lo importante, ni muchísimo menos. Lo malo era lo grande que era el colegio, la fila, el uniforme, la Hermana, la aglomeración de gente y quién haría caso a lo mal que me sentía. Siempre he sido muy miedosa. Muchísimo. Pero detrás de mí, con una seguridad pasmosa, se colocó Luisa. Mi amiga Luisa. Y ya no se separó de mí ni en todo ese día, ni en los siguientes nueve años. Silenciosa, discreta, atendía cada uno de mis miedos y tejía sobre ellos una red de serenidad con paciencia propia de pescador. Parece mentira la seguridad de la que disponen algunas personas. Deben saberlo todo, al menos así lo parece. Y ella tenía el don de la tranquilidad. Yo apenas me metía en líos, era una niña muy buena. Dice mi madre que cuando era un bebé me dejaba en el parque y allí pasaba las horas muertas sin decir ni pío. Buenísima. Así que en el colegio tampoco solía pelearme con nadie. Al revés. Era la campeona de saltar a la goma porque tengo, tenemos todas, unas piernas larguísimas y las M. (que así éramos y somos conocidas en las reuniones de antiguas alumnas donde aún las monjas más viejas se acuerdan de todas) fuimos míticas en el colegio por nuestra capacidad para la rítmica, el baloncesto, bueno, todas esas tonterías que se hacen de pequeña y que ahora nos costarían un disgusto. El pino, el pino-puente, la rosca, eso. Así es que mamá tenía que pintar la casa cada dos por tres. Con cinco niñas haciendo esas tonterías todo el día, la mujer no paraba de pintar, pero reñirnos, apenas nos reñía. Ella sí que es buena. Buena de hacer a los que están a su alrededor mejores, de ese tipo de bondad. Y en fin, a Luisa le gustaba mucho venir a casa y aunque temía a mi padre como a una vara verde y prácticamente saltaba el marco de la puerta de su despacho para que no la viera, le encantaba encerrarse conmigo en el baño y que yo le hiciera una demostración de todos los secretos de belleza que había aprendido de las cuatro señoritas que tenía por encima. Ya ves tú. Porque las chicas somos muy reacias a compartirlos y a ellas había que sacárselos con sacacorchos. Qué misterio, hasta que pillé a mi hermana A. pasándose una cuchilla y comprendí como podía ser posible que no tuviera un solo pelo en las piernas. Luisa siempre sonreía. Ella no tenía hermanas, sólo hermanos y más pequeños y todos estos tesoros debían suponerle un mundo. Ella me consolaba y yo la encantaba. Empate a cero. Luisa y yo seguimos direcciones distintas una vez acabamos la etapa escolar. Después llegó el instituto. Allí también encontré una amiga el primer día y no me separé de ella prácticamente hasta el último. Mariángeles. A Mariángeles y a mí nos gustaba escuchar las mismas canciones y cantarlas muy alto. Cuando tuvimos edad para conducir a ella le compraron un Peugeot 205 blanco y solíamos dar vueltas y más vueltas por la ciudad, sólo por el placer de escuchar y cantar las canciones de Yentl, o en realidad, cualquier de Barbra, o de Whitney. Tenía una familia extraordinaria, igual que Luisa, su padre y su madre se querían muchísimo, se les veía, y cada vez que me invitaban a sus comidas familiares yo soñaba haber pertenecido a esa casta de siempre y que todo para mí, esa felicidad y esa complicidad de años, era tan habitual como rascarme el elástico de las medias de calcetín. Yo le ayudaba con los estudios, no era muy buena estudiante. Siempre hacíamos los deberes en la suya. Así ella me encantaba y yo le ayudaba. Empate a cero. Después me casé y al poco tiempo nacieron mis hijos. P. nació cuando yo tenía veinticinco años y A. recién cumplidos los veintisiete. Un día, hace ya un pico de tiempo y todavía casada, estábamos sentados los cuatro en el parque escuchando el concierto de la banda municipal y unas personas más adelante estaba Luisa con su hijo y su marido. De espaldas a mí. Y a la vuelta del parque, paseando sola, cruzó por delante del coche Mariángeles. Me acuerdo de todo porque ese día pasó una cosa (otra cosa) que hace que no lo olvide.

Ayer comí en casa de mamá. Ella rellenaba unas truchas sobre la mesa, yo la miraba. Me hablaba de mi hermana A. que está embarazada de mellizas y a la que ya le han recomendado reposo, así que no sale y cada vez que la llamamos nos dice eso de tú no sabes lo que es esto, aquí, en casa, todo el santo día. Y mamá hablaba metiendo ajo picado, perejil y pellizcos de especias en las tripas de aquellas truchas. Decía que en esta vida no hay nada peor que no saber afrontar lo que te viene, y cogía las truchas y las iba poniendo perfectas sobre la fuente del horno. Una con la cabeza para acá, otra con la cabeza para allá. Y yo la miraba y me acordaba como hoy, de la cantidad de personas en las que me he apoyado para llegar hasta aquí, como Luisa y como Mariángeles, que también se acordarán de aquellos años, y tantos otros seres queridos que van y vienen, que pasan. Que no he venido sola y que nunca lo he estado, que todo ha tenido su sentido, su intercambio, sus finísimas hebras por las que caminar con suavidad. Viendo a mamá cocinar me vienen todas estas cosas a la cabeza y la mayoría casan divinamente, por asociaciones rapidísimas y acertadas todo cobra significado e importancia. Van pasando los días, y van pasando los años. Sentada frente a ella en silencio me pasa la vida entera. Entera. Desde que me servía patatas fritas y yo comencé a llamarlas ayayais porque me quemaba los dedos hasta ahora, viéndola tan mayor y tan preciosa como es. Con una felicidad y una familiaridad tan habitual como el que se rasca el elástico de sus medias de calcetín.

Y además es Domingo de Resurrección.

Domingo, 27 de Marzo de 2005 16:52. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 24 comentarios.

Visitas pagadas al hogar (2)

Quiero aprovechar esta oportunidad que internet me brinda para anticiparme al desastre casero que con toda probabilidad esté a punto de ocurrirme, dejando en herencia el blog y todo su contenido al primero que lo pille. He dicho.

Resulta que fui el jueves de urgencia a comprar viandas típicas de señora solterita a la que no le apetece cocinar ya que no están sus fieras y con cualquier cosa se apaña porque ella ya ve usted con una ensaladita y algo caliente va que chuta—aquí era festivo y abrían sólo hasta el mediodía— y con las prisas con las prisas cogí una pizza americana que me llamó la atención de los refrigerados y algunas cosillas más. Llego a casa, y aunque el detalle en principio no me pareció relevante (oh, destino implacable), resultó que la pizza valía lo mismo que una funda de oro para las muelas. Bien, no importa. Pero mi madre (sagaz compradora que de haberle dado tiempo se hubiera titulado en revelación de errores en los tickets) detectó que me la habían cobrado doble. Hija mía, ¿además doble? Bueno, pues de perdidos al río, no importa, no hay dolor. Ahí se queda, en la nevera. Menudo puyazo en el punto más doloroso de toda ama de casa, la practicidad, pero sobreviviré. Llévate, llévate mamá la caja al papel con todo éste otro montón, ojos que no ven corazón que no siente, que yo la dejo en el frigo porque total, ésta cae hoy antes de que se le vayan las vitaminas.

El mismo jueves, también deprisa y corriendo, recogí una lámpara preciosa para la mesa del comedor. Es una monada, con sus tulipas lavanda que no sé cuantas tiene porque tendría que levantarme a mirarlo pero una barbaridad, un montón de hierro forjado, no se cuantas guirnaldas de pedrería. En fin, un disparate hecho lámpara. Bien. El electricista le cobrará veinte euros por colgársela. Ya está si no viene y la cuelgo yo equilibro el presupuesto y con la pizza no ha pasado nada y la próxima vez que pase por el súper me carcajeo en su puerta. Llegué a casa. Preparé los adminículos (en esta casa es nuestra palabra favorita, además de “donuts”) para proceder a colgarla. Bien. Quité todos los automáticos, abrí mi caja de herramientas, me puse los calcetines de trepar a la mesa, y así lo hice. Empecé a separar cables. Estos marrones, estos azules, los amarillos-verdes. Estaban todos. Así que lo primero que hice fue separar todos los amarillos-verdes que ya sé que no valen para nada, y proceder a pelar dos de los otros un poquito y bueno, ordenarlos bien ordenados para tener la maniobra bien clara y después colocar ¿el suspensorio? del que iba a pender la monada a estrenar. Empalmo, aseguro, ya me duelen un poco los brazos, me bajo, le doy a los automáticos y resulta que ahora no funciona ninguna de las luces del salón. Ni los puntos de luz que hay en el techo ni la lámpara de pie que hay entre los sofás ni por supuesto la que acabo de colgar. Andá mi madre. Bueno. Que no cunda el pánico. Aquí lo que hay que hacer es cambiar de combinación de cables. Y también lo hice. Y entonces sólo funcionaba, de todas, una de ellas, la de los sofás. Armada de paciencia tuve que probar con todas las combinaciones de cables posibles. Entiéndase que probar con todas consiste en volver al principio un montón de veces y por consiguiente quitar los automáticos, subir a la mesa, marearme de mirar para arriba tanto tiempo, dolor de brazos, cambio de cables con su consiguiente tortura para meterlos y que aguanten en su agujerito correspondiente, apretarlos, infinito dolor de brazos, mareo de mirar para abajo después de mirar mucho para arriba, bajarme jugándome el físico, darle al automático y e-fec-ti-va-men-te, para comprobar que en la mejor jugada de todas, sólo había conseguido que funcionaran dos de las tres bandas de luz existentes.

Bien, sopesé la situación. No es posible, Rosa, que esté pasando esto. Tienes que haber pasado por alto alguna de las combinaciones marrón-azul de cables. La buena no la has hecho todavía. Así que lo que tienes que hacer es olvidar que está el suelo del salón lleno de puntitas de cables, la mesa llena de escayola y las herramientas por medio (porque otra cosa no, pero herramientas tengo una barbaridad..), comer, y empezar si hace falta desde el principio hasta conseguir que funcionen al menos las que sí iban, y si acaso, y a unas malas, llamar pasado el puente a un electricista para que haga funcionar la lámpara, lo cual sería un desastre porque en circunstancias como esas ver funcionar mi lámpara en-se-gui-da es fun-da-men-tal, que para eso es nueva y las cosas o se hacen en caliente o no se hacen. Calma chicha, Rosa, respira. Saqué la famosa pizza del frigorífico y la metí en el horno.

Me suena el móvil. Contesto, qué haces, intento colgar la lámpara la recogí hoy, pero por qué no está el electricista, pues porque esto ya lo he hecho yo antes y está tirado, sí pero ésta es diferente no, ya bueno está un poco complicado pero no te preocupes que si consigo hacerlo me voy a quedar en la gloria o más arriba, y mientras, hablando, me acerco hasta el horno, entorno la puerta, la madre que me p… ¡¡¡Diossssssssssssss, qué peste!!! ¿Alguien ha estado alguna vez en las cloacas? En la vida de olores a rancio y a sobaquillo todo junto. Imposible definirlo, particularmente asqueroso. Sórdidamente inaguantable. Pero quizá sólo fuera eso, y en realidad estuviera riquísima de sabor. De hecho es materialmente imposible que una pizza que vale tanto no esté buena de narices. Me la pienso comer igual. Me parto un poco de jamón, me saco unas almendras, me pongo la pizza, una cocacola, un bol de ensalada y hala, a comer en la bandeja y en el sofá, como las buenas. ¡¡Y una porra!! Nadie podía comerse eso, y menos así, baboso y caliente. ¿Pero qué pizza del mundo no está buena? ¡¡Ninguna!! ¿Cuál es la probabilidad de que una pizza que así, a simple vista lleva anchoas, bacon, champiñón, queso y tomate esté mala? ¿cero?

Volví a comenzar de nuevo con la maniobra de la lámpara. Vamos, una pizza tan cara y además asquerosa, hay que tener valor. Y luego estos cables. Y además no he llamado al electricista, tonta que eres tonta. Y venga a subir y venga a bajarme de la mesa. Hasta tres veces probé la combinación completa de cables (que eran nueve en total contando los amarillos) antes de rendirme en una en la que no iba nada de nada para echarme a llorar porque ya estaba bien y qué iba a ser eso.

Así que espero y espero, miro a la puta lámpara que será muy bonita pero qué cabrona es, y me vuelve a sonar el móvil. Cómo vas, no funciona, se va la luz de los otros puntos me duele todo y no hay Dios que cuelgue el bicho ese, ah comprendo lo que tienes que hacer es poner los seis cables del techo empalmados to-dos con los de la lámpara, ah sí, sí, ah, pues ahora cuando vuelva a llegarme la sangre a las manos lo intento, vale, venga. Y sí, era eso, recogí el chiringuito y metí la apestosa pizza, menos dos trozos que tragué por cabezonería, en el microondas, y ya por la tarde, con el ansia de comerme una en condiciones, hice subirme una riquísima de una pizzería que hay cerca de casa que, bonita combinación, es de unos chinos y no cierran ni en Jueves Santo. Y ya....hasta ahora mismo, que me acabo de comer el resto del jueves frío porque soy in-ca-paz de tirarla habiéndola pagado al doble de lo que valía, que además era un montón, y tenía que comérmela por mis cojones porque además no supe colgar la lámpara y a mí se me pueden subir las cosas de mi casa a la pechera, pero nun-ca a la chepa, que ya tengo unas horas de vuelo y sería la primera mancha en mi historial. No, hijo, no.

Y bueno, ahora seguramente me muera, de hecho ya se me está nublando la vista. Es posible que esta sea la despedida y si eso es verda...
Sábado, 26 de Marzo de 2005 22:14. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 12 comentarios.

Hoy vamos a recoger las gafas de A.

Tengo dos hijos, son pequeños. Uno, P. es aparentemente más fuerte y más lanzado, cumple nueve años dentro de quince días. Tiene unos ojos azules que da gloria mirar y es guapo, muy guapo. A veces lo miro y me parece mentira haber parido una criatura tan perfecta. Su cuerpo, sus posturas, su forma de trabajar, de relacionarse. Es competitivo y espléndido. Todas sus etapas han sido fabulosas de observar, todas, ha sido un bebé muy bueno, siempre se ha portado bien aunque tiene genio, y mala baba. Poca, pero tiene. Por eso parece más fuerte y más lanzado y por eso todos creen que necesita menos atención.

Después nació A. —mi chiquitín de mi A.— que acaba de cumplir siete años. Sus ojos verdes son tan brillantes que cuando te mira fijamente te haces un charquito. Es también muy guapo, mucho, pero es aparentemente más débil y menos lanzado. Su abuela me dice que no es que sea cobarde, es que es muy prudente (todo es cuestión de matices). Mirándolo me doy cuenta de lo que significa tener a una buena persona en casa, cómo crece una buena persona, un ser noble. Lo es. Es incapaz de guardarle rencor a nadie, carece de mala leche y tiene la sonrisa más bonita que haya visto nunca. A veces lo encuentro mirándome, mientras vemos una película o jugamos a cualquier cosa. Me sonríe y cuando ve que le pillo, todavía es capaz de estirar más la sonrisa. Es increíble.

Pero como casi todo en esta vida, la realidad es bien distinta. P. el fuerte, es más débil y necesita mucha más atención que su hermano pequeño. Lo sé porque lo veo, a veces titubea, duda. Y su hermano pequeño, es más fuerte de lo que parece, incluso más que el mayor. Así que cuando la familia se ha enterado que hoy recogemos las gafas de A., casi todos han prometido matar al primero que se ría de mi chiquitín en clase (son sólo para la pizarra y para ver la tele), y que pobrecito, y que hay que ver; pero yo sé, porque lo sé, que A. es muy listo, y si su mamá ahora le dice que las gafas le hacen falta, que cuando las lleve habrá quien se dé tortas por asomarse a verle esos ojos tan bonitos, que se parece a Harry Potter (vale, en rubio), que los que se rían de él me los anota en un cuaderno que ya sabrán lo que vale un peine y que él no se despeine, que mamá y todo el que le conoce le quiere con locura y todo seguirá como siempre, tan así como ahora, y que unas gafas no cambian nada… él sacará pecho y el estuche de sus gafas con orgullo, sonriendo, y se pondrá a trabajar tan pancho. Como es él.

Gracias a Dios, a P. no le hacen falta gafas.

Lunes, 21 de Febrero de 2005 12:03. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 13 comentarios.

Visitas paganas al hogar, primera parte

Hay dos tipos de amas de casa: las que lo son antes que cualquier otra cosa, y las que son amas de casa porque es lo que toca y punto final.

El ama de casa que lo es antes que cualquier otra cosa disfruta (esto es básico) de un círculo de amigas que también se toman muy a pecho su condición. Entre ellas se lo guisan y entre ellas se lo comen. Madres abnegadísimas todas ellas, disfrutan su primer descanso matutino en la cafetería de la esquina del colegio donde, a distancia (se ve), adelantan el trabajo casero con una master-class auto-reafirmante sobre las maravillas del Ajax Pino, la bayeta ecológica o el Duende (que como todas ellas saben, es un aparato super-limpísimo que lo deja todo como los chorros del oro, con infinidad de cacharros y potingues olorosos que aunque ocupa media casa, es el colmo de la sofisticación y del buen gusto). Para esta mujer, es importante dejar claro lo agotada que va siempre de acá para allá cargada de críos hasta las orejas para no quedar en franca desventaja frente a la concurrencia, por mucho dolor de cervicales o de lumbares o de cualquier otra cosa que aquéllas esgriman padecer (aunque también es de ley aclarar que una pasadita por el hospital, aunque sea por urgencias, deja en mantillas a cualquiera de las otras tenga la cantidad de hijos que tenga, ¿por qué? Porque lo más sacrificado en este mundo para una ama de casa excelente, es que tengan que venir otras a meterle mano en su territorio; no porque vayan a cambiarle las cosas de sitio, que no es eso, ni porque vaya a quedar en entredicho su capacidad, no. Si no porque cabe la posibilidad —que como ya se verá más adelante, es más que probable— que su rancho no esté tan esmerilado como dice tenerlo. Gran pánico, pelusas debajo del sofá o cacahuete del sábado en la alfombra del comedor. “Válgame. Si llegara a saberse” y lo recogen corriendo no fuera a ser que cayeran enfermas…)

Como a las diez o diez y media, les remuerde la conciencia a todas y salen pitando de la cafetería —guarra y dejada la última— para dirigir sus pasos a un supermercado, tienda de ultramarinos de confianza o cualquier otro establecimiento donde ya se sepa cómo se es de eficiente y de gran cocinera, y donde se pueda pasar otro ratito hablando con la tendera deleitándose mutuamente con alguna receta de cocina para los niños (“que se la comen estupendamente”), la última de la Pantoja, el Gran Hermano, la isla de los famosos o cualquiera otra barbaridad televisiva que, aunque critican y ponen como hoja de perejil, curiosamente siguen con una fidelidad sólo comparable a los monjes capuchinos.

Con los adminículos del cocido en el carrito y un crío dando la lata, el ama de casa excelente aterriza en su casa y lo primero que hace es encender la televisión. Existe una conexión aún en fase de investigación entre la emisión de ondas hertzianas procedentes de programas de Maria Teresa Campos o Ana Rosa Quintana, y el cerebro de la mujer no-trabajadora, que hace que aún sin darse cuenta, no puedan vivir la una sin la otra, y mientras, tan ricamente pongan el cocidito madrileño en la olla y se hagan dos o tres llamadas telefónicas a las amigas para ver quien de todas recoge a los críos de ballet, de tenis o de catequesis. Organizarse es fundamental, y un ama de casa mal organizada es literalmente un desastre público. He visto casos de mujeres que sólo por llegar tarde al colegio reiteradamente, eran dadas de lado, marginadas, juzgadas y eliminadas del mapa social. Ahí queda eso.

Viernes, 04 de Febrero de 2005 18:03. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 18 comentarios.

Inventario

A257.jpg

Botitas, dos chichoneras, tres arrullos, gasas de abrazar, pijamas, muchos pijamas, un vestido chiquitín-chiquitín con sus leotardos a juego, rebequitas, faldones, sábanas, una caja con chupetes usados, un montón de horas de sueño, el sabor de la leche sin cacao, una mano que se mete en la mini-cuna buscando una carita, el olor a almendras dulces de un recién nacido, un cepillo que no peina, dos placentas que caen, los relojes que pierden las agujas, la angustia y las vomitonas, carne que se abre, llantos de varios tipos, murmullos, tápalo tápalo que tendrá frio así así, ay mi chiquitín qué cosita más preciosa, un paquetito en los brazos, mecedora, tetada de las doce, bebe bebe que tienes que hacer mucha leche sí así justo cuando empiece a mamar tú bébete este vaso te lo dejo aquí preparado yo ya me voy ¿quieres algo más? ¿te hace falta algo?, ir en pijama casi todo el día, ¡pero míralo, no se cansa de hacer cosas divinas con la carita! Puñitos cerrados tápale las manos con las manguitas así así que se arañará la cara, no no apagues el radiador que parece que aquí hace frío, apágalo que hace demasiado calor, no mejor déjalo puesto pero al mínimo y entornamos la puerta. Qué hermoso se está criando, ya no coge en el capazo mejor pasarlo a la silla, es igual que tú, qué rubio qué ojos más azules qué piel más blanca se rie igual. Comparativas con bebes adyacentes, más pijamas, un albornoz, no dejes de mover el coche que está al caer, sí por las noches no da guerra se toma su tetada y queda entre los brazos que parece que le hayan dado una paliza míralo, tiene la comisura de la boca llena de leche ponlo en el hombro que erupte ya ya eruptó ahora se ha hecho caca y vuelta a empezar, una botellita de colonia, un tubo de Nutracel para el cambio de pañal, Mustela para la piel, horas de observación y de incredulidad, siestas llenas de caricias, el sonido de los ajos, el sonido de los gugús, el sonido de los anguengues, mabá, papá, abua, papicas güenas, una trona y papilla de frutas, sí ya se tiene sentado, una lavadora otra lavadora tiéndela con cuidado, ven aquí dulzura que mamá te va a comer vivo, aserrín aserrán los maderos de San Juan piden queso piden pan, se le ha salido el pipí está empapado ay mi meón, se me hacen grandes volando míralo cuatro meses ya, qué piel qué olor qué ruiditos qué risa le da verme cómo se calla cuando lo cojo yo cómo sabe que sé lo que le pasa es mi chiquitín, ¿hasta dónde estás del abuelito? ¡hasta aquí! ¡hasta aquí! ¿cómo hacen los lobitos? Mira, le ha salido un diente qué diente más divino el diente de mi niño. ¿llevas el agua, un pañal, las gasas, el arrullo por si alguien quiere sacarlo del coche? Un montón de bajadas de persiana para la siesta matutina, para la siesta siesta, para dormir por la noche. Infinidad de besos y de mimos y de risas y de qué cosa más linda. Nunca me ha dolido nada tanto, ¿cuándo acabará esto? No puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más. Luz blanca guantes de latex silencio sudor, postura incómoda clavándome la pinza del pelo en el cráneo pero ya se me ha olvidado, vienen miran se van vienen empuja más fuerte miran y se van, vienen empuja así así ahora ahora, ya no empujes más y peso sobre el vientre y no dentro. Rojo, llora, se mea, ahora te cuidaré yo. Vivirás conmigo.

Miércoles, 02 de Febrero de 2005 15:33. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 10 comentarios.

Es un recuerdo lejano...

...casi imposible, de un tiempo pasado, casi improbable. El viejo sofá de mi padre, último vestigio de su paso por nuestras vidas, desaparece de la casa de mi madre para no volver jamás. Hoy nos hemos decidido a desprendernos de él. Alguien lo meterá en su casa, le dará el sol, lo usarán para leer. Fue la última persona que lo usó, y allí no ha habido un alma capaz, siquiera, de apoyar un bolso. Tengo que reconocer, muy a mi pesar, que ese sillón era de la persona que más he querido y más he temido. Buscando su aprobación pasaba las horas muertas sentada a sus pies, cuando hacía buen tiempo y a él le acompañaba el ánimo; o bajo la ya famosa bolsa del pan, cuando amenazaba tormenta o enfado rutinario. Aún con eso y con todo, era un señor muy salao. Andaluz. Acostumbrado al trato deferente. Al machismo de andar por casa. A bandeja. Vaso. Vino. Tabaco negro. Carrusel deportivo. Y además era guapo, moreno, con unos ojos verdes que quitaban la respiración a las buenas y a las malas. Tuvo mujer y seis hijos, y a todos los quiso igual de mal. Amigos, muchísimos, incontables. Allí por donde caminara amanecía alguien dispuesto poco menos que a dejarse sacar un hígado si es que lo pedía. Qué grande eres. Qué padre tan grande tienes. Y yo asentía. Y sonreía. Debió también ser bastante infeliz y padecer lo suyo, tenía puntas de risa que se le caían de la cara volando, y volvía al rictus temible acompañando la maniobra con el ruido de la piel de sus manos restregándose la una contra la otra. Qué rudo. Y qué horror. Una noche, cuando cayó enfermo y andaba muriéndosenos en la casa (proceso que duró más de seis meses) lo encontré tirado en el baño, llamándome. De entre todas sus hijas yo era la única que aún temiéndole más que a una vara verde, nunca le rehuía. Mis hermanas ya le habían enseñado los dientes, y la herida, y él debió ver que no podría confiarles sus porrazos nocturnos sin necesidad de esperar un estufido. Me levanté y le ayudé a volver a su cama, pesaba muy poco, amarillo, con los ojos hundidos. La piel de sus manos se había afinado y ya no parecían capaces de hacer ningún daño. Aprendí un día detrás de otro, una hora tras otra en interminable sucesión a sentir lástima. Le miraba e imaginaba que allá donde estuvieran apuntados sus pecados, se los estaban cobrando día tras día, abonando uno por cada quejumbrosa respiración que acompañaba con un ay, nocturno y diurno. Hasta que se le encharcaron los pulmones, hizo un sonido como de radio mal sintonizada y murió. Fue un señor imponente, con clase, que vestía bonito, que fuera de su casa fue muy respetado y dentro temido. Que se sentaba en un sillón muy parecido a ese, y que pálidas, observamos en su salida, sin decir ni pío, mientras lo sacaban mansamente entre unos pocos hacia fuera de la casa. Un recuerdo, ya está dicho, imposible e improbable.

Domingo, 16 de Enero de 2005 22:52. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 9 comentarios.

absence.jpg

La ausencia maldita, que no me suelta.

Muchas veces, haciendo terapia de grupo con mis hermanas y riéndonos de lo que más daño nos ha hecho, nos acordamos de nuestro padre. Uno nunca se atrevería a tocar nada de su vida, no fuera cosa que todavía fuera a torcerse más, pero si yo pudiera cambiar algo de todo cuanto he vivido, le cambiaría a él. Aunque tampoco es eso. Dejémoslo en que hubiera preferido tener otro, y que a él hubiese estado sí, en mi vida, pero no sé, como dependiente de la droguería (donde de pequeña me enviaba mi madre a comprar colonia a granel, ¿alguien se acuerda que también despachaban así el aceite, y había que ir a comprarlo en garrafas? qué preciosa era aquella burbuja dorada que subía tan lentamente) o si no puede ser, mira, como marido de la panadera. Así no lo borro del mapa. El caso es que muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mí si hubiese disfrutado de un padre “normal” ¿Y qué sería yo hoy día, si en lugar de una bestia parda, mi padre hubiera sido un refugio para nosotras, empuje, ilusión? ¿Y con qué cara me enfrentaría a la vida si pudiera olvidarme del miedo que pasé? ¿Qué es lo que todavía no sabría, si borrara las horas que pasé debajo de la bolsa del pan, escondida, viendo cocinar patatas fritas a mamá temiendo que me llamara? ¿Dónde está la niña de las coletas que se sentaba con miedo en sus rodillas a leer los diarios? ¿Y qué clase de infancia era aquella?

Ahora charlo con otros padres y me caen lágrimas de alegría. Salen esta noche con sus hijos, les compran juguetes, los adoran. Son un colchón para sus caídas en pleno vuelo, un firme apoyo, una referencia. Darían cualquier cosa por verlos felices, por saber que crecerán y no les quedará ninguna púa clavada así, tan fea y tan negra como ésta. Y aunque ya sé que las comparaciones son odiosas, hay que ver qué daría yo por haber tenido un padre “normal”. Y que él me perdone, pero si se pudiera, esta noche (vale, esta noche y nada más) me metería en una de esas familias a ver qué es eso que se siente, qué cosa es, que años y años después, despierta sonrisas y nostalgia.

En la noche de Reyes: la niña de las coletas, año 2.005

Miércoles, 05 de Enero de 2005 20:18. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 5 comentarios.

Temas



Enlaces

Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras; Emprendedor ven a Iniciador Aragón.